Lo que sí: lavarlos con agua tibia y unas gotas de jabón neutro, secarlos con un paño de microfibra (nunca con la remera o papel), y guardarlos siempre en su estuche cuando no se utilicen.
Lo que no: evita limpiarlos en seco (arrastra partículas que rayan el cristal), no uses alcohol ni productos de limpieza de vidrios comunes, y no los dejes apoyados con las lentes hacia abajo.
Un dato que pocos saben: el calor extremo (como dejarlos en el auto al sol) puede deformar el armazón y dañar los tratamientos antirreflejo. Con estos hábitos simples, un lente bien cuidado te dura años sin perder claridad.